Varios factores traen al dúo Larry Page/Sergey Brin a esta serie de pioneros inesperados. El primero es que, en efecto, ni ellos mismos se dieron cuenta de lo que estaban empezando a cocinar con su humilde proyecto de garaje (garaje real, no como el de Apple). Tampoco llegaron a advertir la potencia de su desarrollo más adelante, cuando ya habían fundado la empresa y trataron de vendérsela a Excite, que rechazó la oferta, y luego volvió a rehusarse cuando Larry y Sergey le bajaron el precio. Así que con Google, o más bien con el motor de búsqueda que crearon y que los trae hasta estos párrafos, Page y Brin fue pioneros doblemente inesperados.
En general, además, nuestros pioneros inesperados ya han hecho su aporte fundamental, no importa si todavía son personajes activos en la industria (como Bill Gates) o si ya nos dejaron hace mucho (como John von Neumann). Puesto que Larry y Sergey son todavía muy jóvenes (50 años, los dos), es posible que aún les quede un aporte extraordinario en sus biografías; sin embargo, el impacto de Google ha sido tan descomunal en las democracias occidentales que es poco probable que nos aguarde una sorpresa del mismo calibre. En tecnología nunca se sabe, sin embargo.
Page y Brin están entre los personajes más herméticos de la industria informática. Al revés que el histriónico Steve Ballmer; su amigo todopoderoso, ahora devenido augur, William Gates III; el hipnótico Steve Jobs, o el inefable fabricante de titulares explosivos Elon Musk, el dúo que se dio cuenta de que la civilización estaba por pegar un volantazo y aprovechó ese envión para construir unos de los imperios más poderosos e influyentes de la historia no aparecen en público, no hace declaraciones e incluso son esquivos con sus propios empleados, cosa que me contaron, claro, empleados de Google. Muy de vez en cuando conceden un reportaje.
Queda por responder, sin embargo, quiénes son Larry Page y Sergey Brin. Bueno, para empezar, son un misterio, aunque eso podría estar por cambiar. Antes de la pandemia se habían bajado del día a día de Alphabet, el nombre con el que el conglomerado de empresas antes conocido como Google fue rebautizado hace 10 años, y a partir de ahí fue incluso más difícil seguirles la pista. Aparecían cada tanto, aquí y allá, pero todo indicaba que si antes, cuando ejercían cargos ejecutivos en la compañía, habían sido inescrutables, ahora iban a pasar por completo al secretismo.
Pero en noviembre de 2022 ocurrió algo inesperado que dejó a Google por primera vez en offside, si no –al menos todavía– contra las cuerdas: una pequeña compañía llamada OpenAI puso a disposición de todo el mundo un bot de inteligencia artificial llamado ChatGPT. Como consecuencia, cosa inédita en su historia de adaptación darwiniana, Google empezó a sonar a pasado. El impacto, que disparó todas las alarmas en la compañía, hizo que volvieran a convocar a Page y Brin para enfrentarse la tempestad GPT. Ahora, y desde una posición menos fuerte, quizás el esquivar las cámaras ya no les resulte ni tan sencillo ni tan funcional a los intereses de sus accionistas. Especialmente cuando del lado de la competencia hay cierta tendencia a adueñarse de la escena, con o sin buenos guiones.
Ahora la locura GPT amainó un poco, pero los acontecimientos mostraron que, como cualquier otra empresa de tecnología, Google no es inmune a los cisnes negros. Y de todos los cisnes negros que he visto en casi 40 años de cubrir estos asuntos, ninguno más disruptivo que GPT. Incluso con mis reservas respecto de sus capacidades, así como hubo un antes y un después del iPhone, de Google, de Facebook, de la Internet pública y de las computadoras personales, los modelos masivos de lenguaje van a aparecer en los libros de historia como una divisoria de aguas de las que se dan muy de vez en cuando. Alucine o no, diga la verdad o no, las máquinas, bien es cierto que mediante un método bien diferente de los humanos, ha aprendido a hablar.















